Quién te iba a decir a ti, apurado porque no llegas a punto –por enésima vez– a la operación bikini de este año, que la grasa nos ha ayudado a situarnos en la cima del ecosistema frente a otras especies. Y es que, lo creas o no, la adicción a la grasa de nuestro cerebro nos ha hecho evolucionar hasta donde estamos contribuyendo al desarrollo de nuestra inteligencia y fomentando nuestra supervivencia.

Las grasas constituyen una de las fuentes más ricas en calorías, por ello durante decenas de miles de años, cada vez que nos topábamos con un alimento rico en éstas, sucedía algo maravilloso: las neuronas mandaban las señales necesarias para incrementar nuestro apetito. Vamos, ésta es la explicación científica por la que en Navidad comes como si no hubiera un mañana. Por fin puedes culpar a la ciencia de tu glotonería.

Receta para el desastre: comer por comer

Como sucede con otras especies, nuestro cerebro está programado para aprovechar la oportunidad y comer para cuando lleguen las vacas flacas. Huelga decir que nuestros hábitos y necesidades han variado mucho desde que los homínidos pasaron de ser nómadas a establecerse — hecho que se dio con el descubrimiento de la agricultura — y que ahora mismo otra cosa no, pero acceso a la comida tenemos en abundancia.

Desgraciadamente, nuestro cerebro no ha modificado ese patrón de conducta, por lo que sigue mandando esa señal de alerta "sálvese quien pueda" en un mundo sobreexpuesto a grasas saturadas, conservantes, sales, azúcares, colorantes y aditivos. Toda una receta para el desastre y el secreto de la obesidad que acucia al primer mundo.

El País se ha hecho eco de esta revolucionaria realidad descubierta recientemente por un grupo de científicos norteamericanos que la ha publicado en la revista científica Cell Metabolism.

Conseguir comida basura es fácil, rápido y barato

Así que ya se sabe que reconocer un problema es el primer paso para superarlo. Para ello se está desarrollando unos fármacos que prometen ser verdaderamente efectivos. Porque, ¿qué mejor manera para atacar el sobrepeso que reduciendo la necesidad de atiborrarse?

¿Cómo funciona nuestro cerebro cuando ve comida?

El mecanismo responsable de un acto tan cotidiano como comer es controlado por las neuronas del hipotálamo, con la ayuda de hormonas como la leptina. Pero también sufren las consecuencias de una dieta rica en grasas mediante la inflamación de la microglía. Y a mayor inflamación, más aumento del apetito. Un delicioso círculo vicioso.

Funcionamiento de la microglía inflamada. Cell metabolism

Para el estudio se ha analizado unos ratones a los que tras modificar las células de la microglía se les somete a unas variaciones en la dieta cuyos resultados soportan esta teoría: a pesar de seguir comiendo una dieta rica en grasas, éstos comen menos y además, adelgazan. Si por el contrario se les inflaman estas células, éstas devoran todo lo que se pone a su paso y engordan. El siguiente paso es demostrar que sucede lo mismo en humanos.

Uno de los autores del estudio lo explica así:

Actualmente hay algunos fármacos que actúan directamente sobre las neuronas que regulan el apetito, pero no son muy específicos y producen efectos secundarios como depresión y ansiedad (…) Desde el punto de vista terapéutico es mucho más fácil intervenir en estas células, así que se abre la puerta a encontrar un fármaco que regule este mecanismo.

El problema obviamente está cuando la inflación de la glía se da en un entorno donde conseguir comida rápida es muy rápido, fácil y barato. Pero no es el único, cuando estas células están inflamadas repercuten también en el desarrollo de otras funciones asignadas, aumentando el riesgo de daño cerebral, enfermedades neurodegenerativas y cáncer.

Y es que, a diferencia del resto de animales, los seres humanos seguimos comiendo hasta hartarnos básicamente por diferencias en el hipotálamo, concretamente las células de la microglía, algo que evidencia el estudio, pero que también secunda el neurólogo de la Clínica Universitaria de Navarra, Pablo Irimia.

Desde luego, este descubrimiento es clave para personas con serios problemas de obesidad en las que los cambios de dieta y el deporte no funcionan, pero que también podrá aplicarse en un mayor espectro de pacientes.

¡Huele que alimenta!

La popular frase que decimos a la hora de la comida mientras alguien cocina también podría ser responsable de nuestro aumento de peso, de acuerdo con otra investigación llevada a cabo por investigadores de la Universidad de California de Berkeley.

Sin olfato, nuestro metabolismo quema más energía

Al parecer, para una misma cantidad de comida ingerida con idéntica cantidad de grasa, los ratones sin olfato engordan menos que los ratones con un olfato normal. Curiosamente, si se aumenta la capacidad olfativa de los roedores, también engordan más.

La explicación a este hecho aun no es clara, pero todo apunta a que el olor de la comida influye de alguna manera en cómo el cerebro interpreta la ingesta y como éstas son quemadas por el cuerpo. De hecho se valora que sin olfato, nuestro metabolismo queme más energía y almacene menos.

De acuerdo con Andrew Dillin, uno de los autores del estudio:

El aumento de peso no solo se debe a las calorías que consumes, sino también de cómo el organismo percibe esas calorías (…) Si podemos replicar estos resultados en humanos, tal vez podamos hacer una droga que no interfiera con el olfato pero que sí bloquee esta parte del metabolismo, lo que sería impresionante.

Dada la fase experimental del análisis, solo nos queda comer mejor, hacer más deporte… o coger la gripe y andar con la nariz llena de mocos para evitar el suculento olor de la comida.