Seguro que conoces a alguien que es capaz de abandonarlo todo y marcharse a su casa, a la dulce intimidad de su inodoro. ¿Costumbre? ¿Tranquilidad? ¿La configuración única de los azulejos del baño del hogar? Todo un misterio.

No, no pienses que es una persona rara y maniática porque absolutamente todos cuando nos vamos de viaje sufrimos de una alteración del tránsito intestinal que nos hace ponernos muy tristes al volver a casa, pero muy felices al retornar a nuestro váter. Es dejar las maletas y correr como si hubieran empezado las rebajas. No seas tímido, que tú también lo haces.

Nick Haslam, profesor de psicología de la Universidad de Melbourne, es uno de ellos y se ha molestado en investigar esta historia tan familiar al común de los mortales. Y lo dice alto y claro para The Atlantic:

La mayoría de la gente se siente más cómoda yendo al baño en un entorno familiar y privado.

Este efecto viene a ser justo lo opuesto al estreñimiento del viajero, que ve cómo su amada regularidad se ve alterada cuando están fuera de casa. Sí, es verdad que alteramos nuestra dieta cuando estamos de viaje y que en algunos casos nos puede provocar una indeseada diarrea, pero en general tendemos a disminuir la frecuencia de visitas al inodoro.

¿Por qué nos gusta más hacerlo en nuestro váter?

Haslam se basa en el condicionamiento clásico para explicar por qué preferimos ir al baño en nuestra casa antes que hacerlo fuera de ella:

Bajo mi punto de vista, lo de ir al baño nada más llegar de un viaje es una respuesta Pavloviana: el hogar es un sitio seguro, algo que se traduce en que es el lugar adecuado para ir al baño.

Da igual que hayas sufrido estreñimiento o no durante un viaje, vas a coger tu váter con las mismas ganas. Eso sí, como lleves varios días sin visitar el trono, sentirás como una sacudida de felicidad al pisar tu territorio.

Hasta cierto punto, esta teoría era de esperar. No obstante, no deja de sorprendernos cómo somos unos animales de costumbres y las dificultades que tiene nuestro cuerpo para adaptarse a un entorno extraño.

Jack Gilbert, profesor de cirugía de la Universidad de Chicago, lo explica de la siguiente forma:

Nuestro baño de casa nos resulta familiar. Más confortable, algo emocional, pero que no deja de ser una respuesta fisiológica. No es un tema de alma, es que eres una especie de dispositivo lleno de sensores. Todo lo que haces cuando intentas recordar algo es intentar hacer un simulacro de las sensaciones de una experiencia.

Así que cuando entras a casa, ciertos sensores de tu cuerpo se activan: los olores familiares, los crujidos del suelo, el aspecto del entorno, la temperatura de la habitación… Incluso los microbios del pomo de la puerta contribuyen a la sensación de estar en casa.

No volveré a serte infiel, mi querido inodoro. Noodle

Cuando llevas varios días fuera y tu rutina se ha visto modificada, tarde o temprano llega el momento de retornar al hogar, disparando todo ese arsenal de sensores que alteran nuestro cuerpo de la manera más increíble que te puedes imaginar:

Cuando llegas a casa, se alteran tus niveles de glucosa y de adrenalina, incluso los sensores energéticos de tus músculos cambian alterando tu respiración. Estamos hablando de cuánta energía quemas y cuánta grasa depositas. Cuando retornas al hogar incluso cambian tus patrones de sueño porque las hormonas que lo controlan también se ven alteradas. Y todo esto acelera tu tránsito intestinal.

Así que aunque creamos que se trata de algo puramente psicológico, también influyen parámetros fisiológicos. Somos autómatas respondiendo al entorno. Gilbert incluso asegura que cualquier ser humano podría ser entrenado para micciones al oler a menta, únicamente para demostrarnos cómo automatizamos todo.

Pero tampoco vamos a engañarnos: estamos más entrenados aliviando nuestras necesidades en nuestro inodoro favorito, de tal manera que también lo asociamos mentalmente. De hecho, si estamos fuera, estos actos son inhibidos al encontrarnos en entornos desconocidos, es decir, que ni siquiera necesitamos estar de viaje, basta con entrar a un baño ajeno.

La conclusión de todo esto es que no controlamos el entorno, simplemente tratamos de adaptarnos.