Hace unos días, no recuerdo exactamente qué estaba haciendo, se me ocurrió escribir en mi teléfono móvil un recordatorio para un posible artículo. El título es el que has leído y me sugería poder comentar, desde el punto de vista de alguien que ya ha vivido cuatro décadas distintas, las variaciones o aquellas diferencias que he podido experimentar en relación a la manera que tenemos de comunicarnos en la actualidad. Si quieres curiosear entre ellas, estás invitado a quedarte por aquí.

La inmediatez

Creo que es una de las características más claras cuando uno piensa en cómo está evolucionando la forma de contactar con amigos, familiares o, incluso, con desconocidos. Tenemos la imperiosa necesidad de contar cualquier tipo de suceso que nos acaba de ocurrir a quienes tenemos cerca. Eso sí, utilizando el teléfono móvil, porque más de 15 minutos es demasiado tiempo para localizar y quedar con alguien. Las cosas suceden ahora y en el siguiente segundo deben ser narradas en una nota de voz a través de WhatsApp mientras sostienes tu teléfono móvil como si fuese una tostada con mermelada que estás a punto de comerte.

Hemos perdido la capacidad de sorprender a los demás

Años atrás en el tiempo, te estoy hablando de comienzos de siglo, los teléfonos móviles ya existían. Nos enviábamos mensajes de texto con los amigos, quizás dos o tres al día, nos pasábamos los últimos politonos y fardábamos de lo pequeño que era nuestro dispositivo. Sin embargo, quizás por una necesidad más que por convicción, dejábamos que las noticias importantes se anunciasen uno o dos días más tarde del momento en que ocurrieron. La frase más repetida en estas ocasiones era:

No os vais a creer lo que me ha pasado esta mañana. A la noche, cuando estemos de fiesta todos juntos, os lo cuento.

La exposición

Quizás este punto sea un perfecto enlace con el anterior. Me explico. Dada la inmediatez de las comunicaciones en la actualidad, es un hecho que cada vez compartimos, casi nadie está libre de este pecado, más y más contenido en las redes sociales. Te puedes preguntar si es necesario exponer tu vida de esta manera, aunque la verdadera pregunta es sería si hace unos cuantos años nos preocupaba tanto que la gente conociese qué habíamos desayunado cada día, el sueño que tenemos por la mañana o cómo llueve en tu ciudad. A pesar de que somos cotillas por naturaleza, la tecnología ha reforzado este síntoma de nuestra especie.

Este es un ejemplo de la exposición a la que nos sometemos voluntariamente. Unsplash
Nos exponemos diariamente a través de las redes sociales

Repito que, seguramente, esta reflexión sea fruto de haber vivido una época donde la tecnología no tenía la efervescencia actual. Sin embargo, nadie en su sano juicio contaba cual era su rutina de desayuno en el año 2000. Primero, porque no existían herramientas que permitiesen hacerlo y segundo, y más importante, porque al igual que ahora, a nadie le importa. Además, piensa muy bien lo que publicas en tus redes sociales, porque seguramente llegará un día en que un comentario en Twitter o una opinión en Facebook se giren hacia ti y eso te influya en un futuro trabajo o en cómo alguien que no conoces aún, te ve en el futuro.

La globalización

Lo entiendo, vivimos en un mundo globalizado. Esta frase lleva siendo cabecera de muchos libros, artículos y portadas de revista desde hace más de una década. La realidad es que este fenómeno ha cambiado el paradigma de nuestra comunicación. No necesitamos contarle a nuestro padre que hemos aprobado un examen o que vamos a casarnos, sino que ahora arde un deseo en nuestro interior para que la última fotografía de la pata de nuestro perro, acompañada por 20 millones de hashtag, se convierta en viral y sea vista por un señor chino o tres australianos y las marcas nos cubran de oro y billetes.

La pausa es necesaria en la vida. Unsplash
Vive, en lugar de retratar tu vida

La reflexión final sería que abandones tu idea de ser global. No por que sea algo negativo, ni mucho menos. Tu realidad diaria debería construirse a través de pequeñas y cercanas cosas. No te digo que abandones tus redes sociales, pero sí que conozcas las consecuencias de usarlas. No te digo que dejes de soñar a lo grande, pero sí que sueñes con sensatez. La comunicación es una de las pocas cosas que nos hace humanos y la tecnología está conspirando para que nuestra alma terrícola se funda con las redes neuronales de la inteligencia artificial. Si realmente quieres compartir, comparte minutos de tu vida a cambio de experiencias que no necesitan de megapíxeles para ser recordadas.