El futuro de los wearables se encuentra en estas baterías: están hechas de gelatina
Investigadores de la Universidad McGill demuestran que materiales comunes y una técnica japonesa pueden ofrecer energía estable sin generar residuos tóxicos
La tecnología actual, y por añadido toda la electrónica de consumo, sufre del mismo problema: promete durar años, pero utiliza baterías que se degradan mucho antes de lo previsto. Para hacer frente a este ciclo consumista, un equipo de investigadores ha presentado una batería completamente inesperada: es flexible, biodegradable y está fabricada con materiales tan conocidos como el magnesio, la gelatina y ácidos presentes en el limón o los yogures.
No es un postre, sino una batería de última generación
Gracias al artículo publicado en la revista científica Advanced Energy and Sustainability Research, podemos acercarnos a una investigación que busca responder a una pregunta que ronda la cabeza de la comunidad científica desde hace décadas: ¿se puede fabricar una batería eficiente, que se estire sin romperse y que desaparezca sin dejar rastro tóxico? La respuesta nos llega a través del Instituto Trottier de Sostenibilidad en Ingeniería y Diseño de la Universidad McGill.
De acuerdo, hay que abordar varios aspectos de las baterías. Empezaremos, por ejemplo, intentando deshabilitar su toxicidad una vez ya no funcionan. Para ello, los científicos pensaron en sustituir los metales pesados de los electrodos por magnesio y molibdeno. Estos, por si no lo sabes, son dos elementos que se degradan con más facilidad en el medio ambiente. Sin embargo, aquí aparece un problema: las baterías basadas en magnesio suelen ser menos eficientes.
Esto es así debido a que se forma una capa de óxido y otros compuestos sobre el magnesio y bloquea la reacción electroquímica. Para resolverlo, según el comunicado publicado en la página web de la Universidad McGill, el equipo utilizó dos ácidos naturales, el cítrico y el láctico, mezclados con gelatina. Con esto se consigue romper esa capa y se alarga la vida útil de la batería. Por cierto, la fuente de inspiración de esta solución proviene del clásico experimento infantil de la batería de limón. Y si un limón puede conducir electricidad, quizás su ácido podía desbloquear esa capa de óxido.
Ahora que ya tenemos mayor eficiencia y hemos superado el primer problema, habría que entrar a estudiar cómo hacer la batería flexible. Aquí, de nuevo, entra en juego la gelatina y una técnica japonesa conocida como kirigami, que permite que una superficie rígida se convierta en una estructura extensible a través de distintos tipos de cortes. Ese nuevo patrón de la batería permite que pueda estirarse hasta un 80 % sin que su funcionamiento se resienta.
En las pruebas de rendimiento, la batería ha llegado a los 1,3 voltios, situándose ligeramente por debajo de una pila AA. Aun así, esta batería sería suficiente para alimentar sensores o wearables sencillos. En este caso, además de la demostración técnica, la investigación tiene un lado claramente medioambiental. Ya que el volumen de residuos electrónicos crece cada año, introducir componentes biodegradables podría reducir la huella de los dispositivos.
El siguiente paso será buscar socios industriales para conseguir miniaturizar la batería, integrarla con circuitos biodegradables y mejorar su potencia. Y es que la idea es tan sencilla como poderosa: la innovación útil puede ser compatible con el cuidado del medioambiente. Y quién nos lo iba a decir, que aludiendo a limones, yogures y gelatina no íbamos a hablar de una receta, sino de un nuevo avance en las baterías sostenibles del siglo XXI.