Pocas veces redacto un artículo de opinión, aquí cada palabra que está escrita y estás leyendo es absolutamente mi única y exclusiva manera de pensar, pero es que, de vez en cuando, debemos dejar las noticias divertidas de lado y expresar nuestros sentimientos en asuntos de un calado humano tan trascendental, que deben resonar como si de una caverna se tratase. Que existen tiranos en el mundo, la mayoría de personas con una pizca de poder se envenenan rápidamente, es de todos conocido. Sin embargo, leer y escuchar acerca de ello provoca que mi sangre hierva a borbotones.

La esclavitud moderna y los dioses que necesitan una lección

Empezaré este artículo poniéndote en antecedentes, aunque imagino que ya podrás imaginar por donde van los tiros si eres un habitual de las redes sociales. La situación nos lleva hasta el canal y la figura de Fortfast, un personaje creado para vivir dentro de YouTube, y que se labró, con el paso de los años, un nombre y el reconocimiento de la comunidad española. Como imagino que conocerás, la mayoría de los creadores de contenido que cuentan sus suscriptores por millones, se valen de terceras personas para realizar el trabajo sucio, aquel que implica mojarse y pasarse horas delante del ordenador. Las condiciones laborales, poco a poco, se confirman que son realmente penosas.

Acosar laboralmente a un trabajador, por complicado que resulte de entender, no tiene nada que ver con el carácter personal

El tuit que te dejo sobre estas líneas es el inicio de una explosión que ha puesto de manifiesto, como ya ha sucedido anteriormente, cómo la fama para personas sin aparente formación, educación ni respeto por sus semejantes es igual de terrible que la peor de las dictaduras. Es de recibo avisarte de los mensajes de odio y violentos que se incluyen dentro del hilo creado por Fran Rodrigo en Twitter. En esta ocasión e protagonista impresentable se llama Fortfast, pero imagino que habrá más poderosos pisando a quienes les posibilitan tener una gran comunidad, ganar dinero y continuar viviendo del cuento. Porque en la era digital, muchos creadores de contenido dan una excelente información y entretienen en base al respeto, el humor y la preocupación por su entorno, pero otros muchos, los nuevos y jóvenes ricos, pretenden estar por encima del bien y del mal.

La opresión laboral es un mal que abarca todos los siglos. Unsplash
Debemos luchar contra cualquier forma de explotación y acoso, tanto al nuestro entorno como en nuestra vida digital

El chico que pone su cara a los vídeos del canal, y que forma la parte visible de Fortfast, ya ha empezado a defenderse, incluso con vídeos en su canal intentando justificar lo injustificable, a los cuales no te enlazaré, porque no me interesa dar visibilidad a quien posee tan poca empatía con sus semejantes. La reflexión que me queda dentro no tiene medias tintas. Vivimos en una época donde las apariencias lo son todo. Tenemos que dar una imagen de buen rollo en las redes sociales, apuntarnos a todos los grupos de WhatsApp que podamos y publicar todo lo que hacemos, porque es lo que la mayoría hace. Detrás de cada usuario existe una historia que nadie comprendería. Pero detrás de cada persona influyente, en ocasiones, existen cientos de trabajadores que deben soportar las miserias de pobres personajes, que, buscando un trabajo soñado, no dudan en pisar, incluso a sus propios amigos.

Las redes sociales reflejan una falsa realidad, justificando todo tipo de comportamientos

Los errores son parte fundamental de nuestras vidas. Nos enseñan. Nos educan. Nos ponen en situaciones extremas. Provocan un cambio en la mayoría de nosotros. Por mucho que los repitamos. Por mucho que tengamos que aguantar. Nada justifica tratarnos como animales. La presión de esta sociedad digital está convirtiendo a personas corrientes en monstruos de unos y ceros. Piensa, antes de dar visibilidad a estas personas, cómo eres, cómo quieres ser y cómo quieres que sea el resto de mundo. No podrás cambiar nada por ti mismo, pero podrás dar ejemplo y ser espejo, quizás, para que otros piensen en cambiar.