China planea un 'banco de energía espacial' para controlar tifones y cargar satélites en 2030
China lidera la carrera energética espacial con el proyecto Zhuri, una gigantesca estación solar orbital que enviará electricidad a la Tierra mediante microondas. El plan contempla una estructura mayor que la ISS
China se lanza a la conquista definitiva del monopolio solar con el proyecto "Zhuri", una ambiciosa estación en órbita geoestacionaria diseñada para suministrar energía ininterrumpida a la Tierra. Mientras en España el debate político y social se estanca en la saturación de macroparques fotovoltaicos terrestres, Pekín mira al espacio para construir una infraestructura de un kilómetro de diámetro. Este sistema promete ser diez veces más eficiente que cualquier instalación en suelo español, al operar libre de la intermitencia que imponen los ciclos meteorológicos o la noche. Esta demostración de fuerza ingenieril sigue la línea de otros megaproyectos del país, como la construcción de una presa tan gigantesca que podría mover el eje de la Tierra.
El equipo del profesor Duan Baoyan, de la Universidad de Xidian, lidera una hoja de ruta iniciada en 2013 que ya ha superado hitos tecnológicos críticos, como la construcción de una torre de ensayo de 75 metros para simular el ciclo de conversión energética. Según el plan de trabajo de la institución china, el objetivo para 2030 es ejecutar una prueba orbital con un megavatio de potencia.
China está dispuesta a desbancar a Estados Unidos como potencia espacial
Este despliegue obligará a ensamblar en el espacio una infraestructura cuyo peso superará al de la propia Estación Espacial Internacional (ISS), un reto logístico sin precedentes. Frente a misiones interestelares teóricas donde el brutal peaje para viajar a las estrellas exige 80 años de encierro, este plan busca dominar la órbita cercana con resultados tangibles en una década.
La tecnología pretende articular una red de transmisión capaz de iluminar ciudades enteras y actuar como un "banco de energía" para satélites y bases lunares. Sin embargo, las aplicaciones sugeridas por Baoyan van más allá de la mera eficiencia: el uso de haces de microondas de alta frecuencia permitiría calentar la humedad atmosférica para alterar la trayectoria de grandes tormentas. Esta capacidad de modificación climática sitúa a China en una posición de dominio absoluto sobre los recursos naturales y la seguridad ambiental.
No obstante, el proyecto despierta el recelo de potencias como Estados Unidos o Japón. Los expertos advierten de que un haz de energía de nivel gigavatio funciona, por definición, como un arma de energía dirigida. Un error de cálculo en la puntería, de apenas fracciones de grado, bastaría para aniquilar la electrónica de satélites competidores o provocar descargas accidentales en la atmósfera. La soberanía energética se transforma, bajo esta premisa, en una amenaza estratégica de alcance global. En un entorno donde la detección de un misterioso objeto en el espacio que descoloca a los científicos ya genera tensión, desplegar láseres de alta potencia multiplicaría la desconfianza internacional.
El éxito de este anillo solar a 36.000 kilómetros de altura depende ahora de la capacidad de Pekín para abaratar drásticamente los costes de lanzamiento. Si China culmina el ensamblaje, la ventaja competitiva en la geopolítica de la energía dejará obsoleta cualquier infraestructura terrestre conocida hasta la fecha. La carrera por el control del sol ya no se libra en las llanuras de Extremadura o Andalucía, sino en el vacío del espacio exterior.