Científicos descubren qué es lo que el ser humano tiene en común con las medusas. Y ellas no necesitan cerebro
Una investigación apunta a que tenemos un comportamiento que surgió muy pronto en la evolución de este animal y que, además, tendría un origen mucho antiguo de lo que se creía
No siempre todo lo que compartimos los seres humanos con otros animales tiene que ver con tener un cerebro complejo. De hecho, a juzgar por una reciente investigación, parece que tanto medusas como anémonas de mar, organismos sin cerebro y sin sistema nervioso central, muestran ciclos de actividad y reposo sorprendentemente similares a los nuestros. Pero todo tiene una explicación, que se encuentra en algo que sí compartimos: las neuronas.
El descanso de las medusas
Recientemente, gracias al artículo publicado en la revista científica Nature Communications, empezamos a desechar la idea de que el sueño surgió para gestionar cerebros grandes y exigentes. Sin embargo, gracias a las mencionadas criaturas marinas, un grupo muy antiguo de animales conocido como cnidarios, sabemos que también desarrollaron neuronas. Y es que dormir, según esta investigación, podría ser una antigua estrategia ancestral para mantener sanas algunas células.
Sin embargo, dormir es arriesgado en la naturaleza. Un animal dormido es un blanco fácil para los depredadores y, aun así, especies de todo el reino animal dedican horas cada día al descanso. Es por ello que los investigadores querían entender por qué organismos tan simples asumen ese riesgo. Para ello estudiaron dos especies: la Cassiopea andromeda, también conocida como medusa invertida, y la Nematostella vectensis o anémona de mar estrella.
En laboratorio, algunas medusas fueron sometidas a ciclos de doce horas de luz y doce de oscuridad. A través de cámaras infrarrojas, se midió la frecuencia con la que pulsaban su campana, la parte principal de su cuerpo en forma de cúpula, ya que esto indica claramente si están activas. Se comprobó que, por la noche, esas pulsaciones se reducían de forma clara. En esos momentos, cuando se las estimulaba con luz, reaccionaban con más lentitud, como una persona medio dormida que tarda en espabilar. De día, en cambio, respondían mucho más rápido.
Las anémonas, por contra, estaban más activas por la noche y eran más lentas durante el día. Aun así, ambas especies dormían aproximadamente un tercio del tiempo, una cifra muy cercana a la humana. Como curiosidad, las anémonas mantenían sus ciclos incluso cuando se alteraban artificialmente las condiciones de luz. Sin embargo, ese comportamiento similar al sueño humano no acaba ahí.
Cuando los investigadores interrumpieron el descanso nocturno de las medusas agitando el agua durante seis horas, los animales recuperaron el sueño perdido durmiendo un 50 % más al día siguiente, algo que nosotros también tendemos a hacer. De hecho, estos animales también eran condicionados por la melatonina que se puso en algunos de los tanques y que provocaba que algunos ejemplares bajasen el ritmo de actividad.
Pero, ¿cuál es la clave? Todo parece que tiene que ver con el ADN. Experimentos anteriores en otros seres vivos han demostrado que dormir reduce el daño genético que se acumula durante los períodos de actividad. En este estudio, cuando las medusas fueron expuestas a luz ultravioleta o las anémonas a un fármaco que daña el ADN, ambas especies durmieron más tiempo. La interpretación de los investigadores es que el sueño permite reparar el desgaste celular.
Todo apunta a que las neuronas, incluso las más primitivas en estos animales, necesitan pausas para funcionar. Dormir, por tanto, no sería un capricho evolutivo de los seres con cerebro, sino una necesidad básica. Hablaríamos, incluso, de un hábito tan antiguo como las neuronas, presentes en seres sin cerebro como medusas o anémonas.