El letal depredador terrestre que permaneció 75 años oculto en el sótano de un museo

Un escáner de alta resolución ha revelado la existencia de un temible reptil prehistórico que cazaba en tierra firme millones de años antes de que sus parientes conquistaran los ríos

El letal depredador terrestre que permaneció 75 años oculto en el sótano de un museo
Fotografías del cráneo de Eosphorosuchus lacrimosa (Universidad de Yale)
Publicado en Ciencia

Hace 210 millones de años, en las actuales tierras baldías de Nuevo México, un repentino corrimiento de tierra sepultó a dos letales depredadores. Ambos animales murieron frente a frente, congelados en el tiempo por una catástrofe natural que preservó sus esqueletos para la posteridad. El lodo selló su tumba y los mantuvo ocultos mientras el mundo exterior cambiaba drásticamente hasta dar paso a la extinción de los dinosaurios.

Los fósiles fueron extraídos de la roca en 1948 durante una expedición al yacimiento de Ghost Ranch, un conocido cementerio prehistórico. Tras su recuperación, los bloques de piedra acabaron en las instalaciones del Museo Peabody de Historia Natural de la Universidad de Yale. Durante tres cuartos de siglo, los paleontólogos asumieron que ambos esqueletos pertenecían a la misma especie, catalogándolos bajo el nombre científico de 'Hesperosuchus agilis'.

Sin embargo, la tecnología moderna acaba de reescribir la historia evolutiva de estos reptiles. Según detalla la publicación digital Interesting Engineering, el análisis detallado de los huesos confirmó el hallazgo de una especie completamente nueva, bautizada ahora por los investigadores como 'Eosphorosuchus lacrimosa'. El uso de tomografías computarizadas de alta resolución permitió destapar este error histórico.

Un cráneo diseñado para triturar

A diferencia de su compañero de tumba, este nuevo espécimen presentaba una anatomía letal y altamente especializada. El animal poseía un hocico corto y un cráneo fuertemente reforzado, equipado con una musculatura mandibular diseñada para triturar presas de gran tamaño. Por su parte, el 'Hesperosuchus' lucía un hocico más alargado y frágil, una herramienta biológica ideal para atrapar objetivos escurridizos entre la vegetación.

Lejos de la imagen actual de los cocodrilos como bestias pesadas y semiacuáticas, estos ancestros primitivos eran corredores ágiles que cazaban exclusivamente en tierra firme. Su fisionomía resultaba sorprendente, con patas traseras largas y musculosas combinadas con extremidades delanteras mucho más delgadas. Esta estructura ósea los asemejaba en tamaño y comportamiento a un chacal moderno.

La división del ecosistema en el Triásico Tardío

Los responsables del estudio llevado a cabo en Yale señalan que este descubrimiento cambia radicalmente la comprensión del periodo Triásico Tardío. En aquella época remota, dos grandes dinastías de reptiles luchaban encarnizadamente por la supremacía del planeta: la línea evolutiva de los dinosaurios y la rama que terminaría engendrando a los cocodrilos actuales.

El hecho de que dos depredadores terrestres tan distintos murieran a escasos metros de distancia demuestra una enorme complejidad ecológica. A todas luces, estos primos lejanos ya se habían repartido los recursos del ecosistema para evitar competir entre sí, especializando sus dietas en diferentes tipos de presas mucho antes de verse obligados a refugiarse en los pantanos.

La tumba de barro de Nuevo México ha devuelto a la luz una instantánea perfecta de la evolución animal. En definitiva, el fósil olvidado en un sótano constituye ahora una pieza clave de la paleontología, al demostrar de forma irrefutable que los primeros parientes de los cocodrilos ya dominaban la cadena trófica terrestre con una eficacia aterradora.

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