El Reloj del Juicio Final vuelve a adelantar sus agujas: estas son las razones que lo han hecho
El Bulletin of the Atomic Scientists ha movido el simbólico 'Reloj del Juicio Final' a ochenta y cinco segundos de la medianoche, la posición más crítica hasta la fecha, avisando de una inminente catástrofe global
Cuando Albert Einstein, J. Robert Oppenheimer y otros científicos del Proyecto Manhattan crearon el «Reloj del Juicio Final» en 1947, lo concibieron como una advertencia directa sobre un único peligro existencial: la aniquilación nuclear. Gestionado desde entonces por el Boletín de los Científicos Atómicos, este icónico marcador nació como un potente símbolo del apocalipsis que la propia humanidad había desatado. Su propósito inicial era claro y aterrador: medir nuestra proximidad a una catástrofe atómica.
Sin embargo, el mundo ha cambiado mucho desde entonces y las amenazas se han multiplicado. Lo que empezó como un barómetro del peligro nuclear se ha transformado en un indicador mucho más complejo que refleja una amplia gama de peligros autoinfligidos. Ya no se trata solo de la bomba, sino de una peligrosa combinación de factores en la que su significado ha evolucionado enormemente, abarcando desde la crisis climática hasta los riesgos de las nuevas tecnologías.
De la geopolítica a la inteligencia artificial: las claves del pesimismo
De hecho, esta acumulación de riesgos ha empujado las manecillas del reloj a su punto más cercano a la catástrofe en toda su historia. La última actualización lo sitúa a apenas 85 segundos de la medianoche, una proximidad alarmante que refleja el consenso científico sobre la extrema fragilidad del momento actual. Nunca antes la humanidad había estado, simbólicamente, tan cerca del abismo.
JUST ANNOUNCED - The “Doomsday Clock,” symbolizing how close humanity is to disaster, moved closer to midnight Tuesday than ever before. pic.twitter.com/jrd5yBejaA
— Digital Daisy (@DigitalDaisyX) January 27, 2026
En este escenario, la ruptura de acuerdos internacionales y la creciente hostilidad entre las grandes potencias alimentan la tensión global. Conflictos abiertos fuera de nuestras fronteras, como la guerra en Ucrania, las disputas entre India y Pakistán o los ataques de Israel y Estados Unidos contra Irán, son citados como ejemplos de la erosión de la cooperación internacional, un factor clave según detallan análisis como el del medio Metro. Esta competitividad se ha extendido más allá del planeta, pues la nueva carrera espacial entre Estados Unidos y China refleja una tensión que prioriza la victoria sobre la seguridad.
Por otro lado, a la inestabilidad geopolítica se suman dos frentes que avanzan sin freno. La crisis climática sigue su curso con sequías, olas de calor e inundaciones cada vez más devastadoras, agravada por políticas como las del presidente Donald Trump, que impulsan la expansión de los combustibles fósiles.
A la vez, la inteligencia artificial emerge como una amenaza de doble filo, con la proliferación de contenido falso no regulado y un consumo insostenible de recursos por parte de los centros de datos, lo que supone el avance tecnológico sin control. Estos efectos son especialmente visibles en los polos, donde se ha observado que la Antártida está cambiando de forma dramática a un ritmo sin precedentes.
Asimismo, la reciente experiencia con pandemias como la del coronavirus o los brotes de gripe aviar ha puesto la puntilla, al dejar al descubierto la alarmante fragilidad de nuestras sociedades frente a las amenazas biológicas. Esta confluencia de factores —bélicos, climáticos, tecnológicos y sanitarios— es la que ha llevado a los expertos a dar una de las advertencias más graves de las últimas décadas.