La sonda Van Allen de la NASA se prepara para un reingreso por todo lo alto tras una década de investigación espacial
Alerta ante la caída incontrolada de la sonda Van Allen Probe A. La nave de 600 kilos impactará contra la atmósfera esta semana tras agotarse su vida útil. La actividad solar ha adelantado diez años
Una masa de 600 kilogramos de chatarra tecnológica se precipita hacia la atmósfera terrestre en un descenso carente de dirección. La sonda Van Allen Probe A, cuya vida orbital estaba proyectada inicialmente hasta el año 2034, ha visto acelerado su final por una actividad solar inusualmente intensa que ha empujado el ingenio hacia nuestro planeta antes de lo previsto. El reingreso es inminente y los sistemas de vigilancia global mantienen el rastro de un objeto que se mueve con una ventana de incertidumbre de apenas 24 horas. La complejidad de predecir la trayectoria exacta de la sonda recuerda a otros grandes retos de observación astronómica actuales, como el continuo seguimiento del enigmático objeto interestelar que está cambiando de color durante su viaje cósmico.
El artefacto, pieza central de la misión «Living With a Star», carece de propulsión para ejecutar una maniobra de caída dirigida. Según las estimaciones oficiales de la NASA, el impacto contra las capas altas de la atmósfera se producirá esta misma semana. Aunque la fricción y el calor extremo desintegrarán el grueso de la estructura, algunos componentes metálicos de alta resistencia podrían sobrevivir al descenso y alcanzar la superficie terrestre.
El reingreso de Van Allen tiene pinta de que va a ser explosivo
Además de monitorizar la desintegración de este tipo de artefactos, la agencia estadounidense divide sus esfuerzos hacia horizontes más lejanos y ha confirmado recientemente el hallazgo de posibles signos de vida en Marte
Pese a la espectacularidad del evento, los expertos apelan a la calma estadística. La probabilidad de que un fragmento alcance a una persona es de apenas 1 entre 4.200. Desde la Agencia Espacial Europea (ESA) se recuerda que el reingreso de restos —desde satélites obsoletos hasta etapas de cohetes— es un fenómeno cotidiano, minimizado por el hecho de que el 71% de la superficie del planeta es océano y vastas áreas permanecen deshabitadas.
En España, el seguimiento de este tipo de reentradas recae sobre los centros de vigilancia y seguridad espacial, que monitorizan cualquier objeto que pueda sobrevolar el espacio aéreo nacional. La sonda agotó su combustible en 2019, quedando a merced de la gravedad. Las predicciones de la U.S. Space Force confirman que el aumento de la resistencia atmosférica, provocado por el denominado «drag» solar, ha sido el detonante definitivo de este regreso anticipado.
Mientras su gemela, la sonda B, resistirá en órbita hasta al menos el año 2030, este ingenio pone fin a una trayectoria científica brillante. Su labor ha sido determinante para entender cómo la radiación espacial castiga nuestras redes eléctricas y compromete la seguridad de los astronautas en plena carrera por volver a la Luna. Esta urgencia por proteger a las tripulaciones cobra especial sentido en el actual contexto geopolítico, un escenario competitivo donde China está a punto de asestar un duro golpe a Estados Unidos y vencerle en la carrera espacial.
El legado de la misión incluye el hallazgo de un tercer cinturón de radiación temporal, un hito para la astrofísica moderna. En las próximas horas, el último rastro de este ingenio se evaporará en una bola de fuego sobre un punto indeterminado del globo, cerrando un capítulo de la exploración espacial marcado por la imprevisibilidad del Sol.