Parecían viejos filtros de aire, pero contenían una historia alucinante del ADN a nivel microscópico

Dispositivos de control de aire almacenados desde los años sesenta permiten reconstruir cómo ha cambiado la biodiversidad en Suecia y revelan un dato preocupante

Parecían viejos filtros de aire, pero contenían una historia alucinante del ADN a nivel microscópico
Daniel Svensson y Anna-Mia Johansson son dos de los ingenieros coautores del estudio sobre los filtros de aire que recogían ADN en Suecia
Publicado en Ciencia

El aire que respiramos guarda más información de la que parece. No solo transporta polvo, polen o contaminantes, sino que también arrastra diminutos fragmentos de ADN liberados por todos los seres vivos. Ahora, una investigación parece haber demostrado que ese material genético puede convertirse en una auténtica cápsula del tiempo, capaz de reconstruir el pasado de un ecosistema con un nivel de detalle hasta ahora inimaginable.

ADN que flota en el aire

Un estudio publicado en la revista científica Nature Communications nos abre las puertas a una investigación que ha tomado como punto de partida unos filtros de aire instalados para vigilar la lluvia radiactiva durante la Guerra Fría. Esos dispositivos se remontan a la década de 1960 y estaban localizados en una estación ubicada en Kiruna, la ciudad más septentrional de Suecia.

Durante más de treinta años, estos dispositivos fueron recogiendo pequeñas partículas suspendidas en el aire. Nadie lo sabía entonces, pero en ellas viajaban restos de ADN de plantas, animales y microorganismos que vivían en la zona. Sin proponérselo, estaban guardando un registro invisible de la vida que rodeaba la estación.

Per Stenberg sobre la estación de filtrado de aire en las afueras de Kiruna

Per Stenberg sobre la estación de filtrado de aire en las afueras de Kiruna

Décadas después, el investigador Per Stenberg descubrió que los filtros se habían guardado en los sótanos de la Agencia Sueca de Investigación de la Defensa y comenzó la aventura de analizar todo el ADN acumulado. Los investigadores, según la información publicada en la página web de la Universidad de Umeå, consiguieron identificar la presencia de unas 2.700 formas de vida distintas.

Hablamos no solo de plantas y hongos, sino de insectos, aves, peces, microbios y grandes mamíferos como alces o renos. Con esos datos, los científicos pudieron reconstruir cómo fue cambiando el ecosistema durante 34 años, casi como si estuviesen viendo un resumen de la evolución de las especies semana a semana. Y consiguieron sacar una clara conclusión.

Desde los años sesenta hasta comienzos del siglo XXI, la biodiversidad de la zona fue disminuyendo de forma continuada. Algunas plantas, como los abedules o líquenes, además de los hongos, fueron perdiendo presencia. Lo más llamativo es que esta pérdida no se explica solo por el clima. La investigación deja claro que la actividad humana, sobre todo la manera en que se han gestionado los bosques, es la principal causa de este cambio.

El uso de este ADN ambiental no es una idea nueva. Sin embargo, realizar un análisis de décadas con este nivel de detalle sí es excepcional. Para conseguirlo, los científicos combinaron técnicas avanzadas para leer grandes cantidades de ADN, programas informáticos capaces de reconocer a qué seres vivos pertenecía el material y modelos que permiten saber de dónde procede el aire que lo transporta.

Además, los investigadores señalan que muchas estaciones de control del aire de todo el mundo podrían aprovecharse del estudio para seguir la evolución de la biodiversidad. Incluso se podrían detectar la presencia de especies invasoras o de patógenos y reconstruir cómo eran los ecosistemas donde apenas existen registros del pasado. Durante décadas, el aire ha ido recogiendo información de la vida y ahora, gracias a la ciencia, hemos podido acceder a ese archivo invisible.

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