La radiación es perjudicial tanto para la vida como para cualquier objeto. Es el motivo por el que Henri Becquerel –la persona que descubrió la radiación– tenía múltiples quemaduras en su cuerpo, así como también es el motivo por el que científicos como Marie Curie –quien acuñó el término radiactividad– murieron de forma prematura; de hecho, muchos de investigadores que trataron con materiales radiactivos en la primera mitad del siglo XX murieron debido a largas exposiciones a materiales radiactivos, puesto que aún se desconocía el carácter mortal de estos y no se tomaban las precauciones debidas.

La radiactividad ionizante es básicamente una onda generada por la desintegración de un átomo –los átomos de los materiales radiactivos son inestables, incluso en la naturaleza, por lo que tienden a desintegrarse– que tiene tanta fuerza que arrasa allá por donde pasa rompiendo las fuerzas atómicas que mantienen los electrones unidos al átomo, y por lo tanto arrancando electrones de los átomos con los que entra en contacto. Por lo tanto, la radiación ioniza, dejando los átomos fuera de equilibrio de cargas, con un balance positivo.

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En cuerpos vivos puede causar múltiples lecciones, además de que a largo plazo el ADN celular puede acabar afectado, generando cáncer. En cuerpos inanimados también tiene un efecto muy negativo: puede causar corrosión. Pero claro, no todas las radiaciones son igual. Hay varios tipos, de hecho: radiación alpha, beta y gamma, básicamente. Algunas de ellas tienen un radio de penetración más profundo que otras, así como algunas son más potentes.

La radiación podría convertir ciertos materiales en autorreparables

Uranio enriquecido
La radiación es conocida por provocar efectos negativos allá por donde pasa, pero hemos descubierto que es así siempre

La radiación alpha, por ejemplo, puede detenerse tan solo con una hoja de papel de un milímetro de grosor, pero es altamente ionizante. La radiación beta, en cambio, necesita un par de milímetros de aluminio para detenerse; la gamma, por su parte, necesitaría una pared de plomo de ancho infinitivo para pararse, aunque un par de centímetros de plomo es suficiente para detener la mitad de la radiación, así como 10 centímetros serían suficiente para mantener la radiactividad a niveles seguros.

Y explicado esto, podemos introducirnos en los interesante: un grupo de investigadores del MIT –Instituto Tecnológico de Massachusetts– y del Laboratorio Nacional de Estados Unidos Lawrence Berkeley han descubierto que ciertos niveles de radiación permite a ciertas aleaciones de materiales a ser más resistentes a la corrosión.

Pero no teníamos ni idea de esto: en realidad, los investigadores estaban analizando los daños que causan diferentes niveles de radiación en ciertos materiales. Y resulta que ciertos niveles concretos de radiación son capaces hacer más resistentes a la corrosión en aleaciones de níquel-cromo. Es decir, los hace más resistentes.

Mientras que los investigadores buscaban cuantificar la corrosión provocada por la radiación, en ciertas condiciones se consiguió el efecto opuesto

Los investigadores estaban estudiando un tipo de reactor nuclear que usa sales fundidas de sodio, litio y potasio como refrigerante. Si bien esta mezcla es capaz de eliminar el calor del núcleo, también corroe el metal que la rodea. Pero al bombardear esta aleación con un acelerador de protones, la mezcla tardó el doble de tiempo en corroe el material. «Repetimos el experimento docenas de veces […] Y siempre obtenemos los mismos resultados», ha afirmado Michael Short, investigador líder del estos experimentos.

Diferencia entre la misma aleación metálica antes de haber sufrido radiación y después de haberla sufrido

Para investigar por qué, los científicos usaron un microscopio de transmisión de electrones para fotografiar la superficie de la aleación justo después de haberla bombardeado mientras estaban en contacto con la mezcla refrigerante a 650 grados centígrados. Y la explicación parece ser sencilla: la radiación causa pequeños defectos en el metal que permite a los átomos moverse más fácilmente, rellenando los agujeros creados por la mezcla corrosiva. Por lo tanto, la radiación permite que el material se autorrepare, tal y como podemos ver en el estudio publicado en la revista científica Nature.

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Las aplicaciones directas son mejores aleaciones para crear reactores nucleares, aunque habrá que seguir investigando si podríamos usar estos materiales radiados si pueden ser usados en otros ámbitos.