El avión de reabastecimiento de combustible estadounidense que se estrelló en Irak no tenía paracaídas

La muerte de seis militares estadounidenses en el siniestro de un Boeing KC-135 en Irak destapa una polémica decisión del Pentágono tomada hace casi dos décadas para reducir costes

El avión de reabastecimiento de combustible estadounidense que se estrelló en Irak no tenía paracaídas
KC-135 repostando un avión de combate en el aire en una imagen representativa (Wikimedia Commons)
Publicado en Defensa

El siniestro de un avión de reabastecimiento en pleno vuelo ha provocado la muerte de seis miembros de la Fuerza Aérea estadounidense. El aparato, un veterano Boeing KC-135 Stratotanker, se precipitó a tierra en el oeste de Irak el pasado 12 de marzo. La aeronave participaba activamente en la Operación Furia Épica, la actual campaña militar que Washington mantiene contra Irán.

El Comando Central de Estados Unidos descartó de forma tajante que el derribo fuera consecuencia de fuego enemigo. Los primeros informes de la investigación apuntan a un fallo crítico o una colisión durante una maniobra compleja en espacio aéreo seguro. De hecho, un segundo avión cisterna implicado en el incidente logró un aterrizaje de emergencia en el aeropuerto internacional Ben Gurion de Israel, pese a perder su estabilizador vertical.

Una decisión basada en el recorte de gastos

Más allá del impacto estratégico, el debate se centra ahora en las condiciones de seguridad de los aviadores. Las familias de los militares descubrieron con estupor que ninguno de los fallecidos tenía la opción de saltar al vacío en los últimos instantes del vuelo. Según detalla el portal especializado Interesting Engineering, la ausencia de sistemas de escape responde a una política oficial firmemente establecida por el Pentágono.

El Departamento de Defensa eliminó los paracaídas de toda la flota de KC-135 en el año 2008. La drástica medida se justificó en su día por la necesidad imperiosa de reducir el peso estructural y ahorrar combustible. A ello se sumó la intención de recortar los elevados costes asociados al mantenimiento y al entrenamiento continuado de las tropas.

Los altos mandos militares argumentaron entonces que la probabilidad de usar un paracaídas en este tipo de aviones era extremadamente baja. A diferencia de los cazas de combate, que cuentan con asientos eyectables, estos aparatos operan como inmensas gasolineras volantes basadas en el diseño comercial del Boeing 707. Su compleja estructura interna hace prácticamente imposible una evacuación manual rápida mientras el avión sufre una caída en picado.

La doctrina actual de la aviación militar para aviones de gran tonelaje dicta que la tripulación debe permanecer inamovible en sus puestos durante cualquier emergencia. Los pilotos reciben un entrenamiento exhaustivo para intentar estabilizar la aeronave a toda costa y ejecutar un aterrizaje forzoso controlado. Los ingenieros aeroespaciales asumen que abandonar un avión de estas dimensiones en pleno vuelo resulta una maniobra suicida debido a las extremas presiones aerodinámicas.

El KC-135 lleva en servicio ininterrumpido desde la década de 1950. Aunque en sus primeros años sí incluía equipos de salto para todos sus ocupantes, la evolución de los protocolos de seguridad priorizó la eficiencia operativa. Mientras los investigadores peinan los restos del fuselaje en el desierto iraquí, el debate sobre la urgencia de modernizar esta veterana flota vuelve a la mesa de Washington.

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