Imagina ser un pequeño grano de arena perdido en una inmensa playa del Caribe. Dunas blancas, formadas por miles y miles de millones de pequeñas partículas procedentes de diversos lugares. Imagina ahora que eres una pequeña, pero curiosa mota que quiere explorar y conocer qué hay más allá de su zona más próxima. Parece una tarea prácticamente imposible, ¿no?

Diversos métodos, un mismo objetivo

Esta es, básicamente, la situación en la que se encuentra el ser humano en el universo. En un espacio que no tiene fin, lleno de cuerpos muy diferentes, algunos bien conocidos, pero otros no tanto. ¿Cómo podríamos ser capaces de entender todo aquello que compone el universo?

Desde el primer momento en el que miramos al cielo, hemos intentado conocer más sobre todo lo que no podíamos explicar. Al principio apenas podíamos observar, a través de los instrumentos que poseíamos. Con el desarrollo de la ciencia, y la tecnología, conseguimos salir de nuestro planeta, incluso enviar seres humanos a la Luna. Sin embargo, existe otro método de exploración que puede ser tremendamente útil. Hablamos, cómo no, de las sondas espaciales.

Enviadas hacia lo más recóndito

Durante todos estos años han sido enviadas muchas sondas fuera de nuestro planeta. Por ejemplo, una de las que terminó su servicio hace poco fue Rosseta, que partió un 2 de marzo de 2004, como podemos leer en Xombit. Esta consiguió llegar y posarse sobre el cometa 67P/Churyumov Gerasimenko, para ayudarnos a conocer más sobre el origen del sistema solar. Su misión finalizó en septiembre del 2016, en un suicidio programado que le llevó a impactar contra el meteorito.

Exploradoras que llegan más allá de nuestro sistema solar

Rosseta es sólo una de muchas. Podríamos nombrar también a la sonda Pioneer, que comenzó su viaje en 1972 y mantuvo comunicación hasta el año 2003, o las célebres Voyager, que llevan viajando más de 40 años y se encuentran a miles de millones de kilómetros de la Tierra.

Teniendo en cuenta las largas travesías que estos aparatos deben realizar, las inclemencias ante las que tienen que enfrentarse, ¿cómo es posible que tras tantos años de viaje podamos seguir contactando? ¿Qué clase de tecnología llevan en su interior?

¿Cómo soportar un viaje de tanta magnitud?

Una pequeña nave que va a viajar durante años, recorriendo miles de millones de kilómetros, debe estar perfectamente preparada. Las sondas Voyager 1 y Voyager 2, que se encuentran a unos 20.000 millones de kilómetros de distancia, son un claro ejemplo de ello.

Diseñadas para soportar cualquier tipo de adversidad, o casi

Como apuntan desde RTVE, ambas fueron diseñadas para perdurar cientos de miles de años, por lo que es muy probable que sobrevivan a la propia especie humana. Cuentan con sistemas autónomos que les permiten cambiar entre sus fuentes de alimentación, gracias a generadores termoeléctricos de radioisótopos, que obtienen energía de la desintegración del plutonio.

Además, cuentan con potentes sistemas de protección ante las radiaciones, pero no ante choques, ya que se supuso un trayecto más o menos tranquilo, sin la posibilidad de impactar contra un objeto extraño.

Un mensaje en una botella espacial

Si las Voyager presentan algo en particular, es que portan un mensaje de parte de toda la humanidad. Ambas contienen un disco de oro, con muestras de lo que representa la civilización humana, diseñados para ser encontrados algún día. En ellos podemos encontrar desde una selección de música que incluye a Mozart, otros autores, rock y jazz, hasta saludos en 55 idiomas. En Pijama Surf puedes conocer cada una de las grabaciones que incluye, incluso descargarlas.

Se trata del mensaje de la humanidad hacia el universo
Diseñados para ser encontrados. NASA

Además, los discos poseen grabados en su superficie. Estos intentan explicar la localización de nuestro planeta, nuestros sistemas de medida, incluso la morfología del ser humano. El principal responsable del diseño de estos mensajes espaciales fue Carl Sagan, quien pretendía que si en algún momento eran hallados, pudieran dar una visión global de nuestra existencia.

¿Encontraremos respuesta?

El envío de misiones no tripuladas nos ha ayudado a conocer más sobre el sistema solar, sobre el universo, y sobre nuestro propio origen. Las agencias espaciales siguen contactando cada día con muchas de estas sondas, que envían datos e imágenes de vuelta.

No hay duda de que las misiones Voyager son algo más complicadas, quizás soñadoras, pero quién sabe. Puede que sean las únicas muestras de nuestra existencia cuando la especie humana haya desaparecido.