Un político europeo habla claro y sin cortarse: se puede desbloquear el software del avión F-35 "como si fuera un iPhone"

El ministro de Defensa neerlandés, Ruben Brekelmans, ha planteado la posibilidad de realizar una intervención técnica en los sistemas operativos de los cazas F-35 para reducir la dependencia de Estados Unidos

Un político europeo habla claro y sin cortarse: se puede desbloquear el software del avión F-35 "como si fuera un iPhone"
Un avión de combate F-35 en una imagen conceptual creada por Lockheed Martin
Publicado en Defensa

La dependencia tecnológica de las grandes potencias militares ha alcanzado un punto de fricción sin precedentes en el seno de la OTAN. Los países que han invertido miles de millones de euros en el caza furtivo F-35 Lightning II se enfrentan ahora a una realidad incómoda: operan la máquina de guerra más avanzada del planeta, pero carecen del control total sobre su cerebro digital. El avión es una joya de la ingeniería cuyo sistema cerrado limita, en la práctica, la capacidad de maniobra de sus propietarios.

Ruben Brekelmans, titular de la cartera de Defensa en Países Bajos, ha dado voz a una frustración que recorre los despachos europeos. Según ha explicado el mandatario, la estructura del software desarrollado por el gigante Lockheed Martin se asemeja en exceso al ecosistema cerrado de Apple. En este escenario, la soberanía nacional queda supeditada a la aprobación de un tercero para actualizar sistemas críticos o gestionar información de combate en tiempo real.

El pulso por la autonomía estratégica frente a Lockheed Martin

Tal y como recoge una información publicada por The War Zone, el ministro ha comparado de forma abierta esta situación con el proceso de «jailbreak» de un teléfono inteligente. Esta técnica, empleada habitualmente para eludir las restricciones de seguridad de un dispositivo comercial, se plantea ahora como una solución extrema para que los técnicos neerlandeses puedan acceder a las capas profundas del sistema operativo del caza sin necesidad de contar con el visto bueno del fabricante estadounidense.

El problema de fondo reside en que el F-35 es, esencialmente, un ordenador con alas. Su operatividad depende de redes complejas como el sistema ODIN, que centraliza el mantenimiento y la logística a escala global. Por el momento, Washington mantiene las llaves maestras de este entramado digital, lo que impide que las naciones compradoras realicen modificaciones sin la supervisión directa del Pentágono, un factor que muchos analistas consideran un lastre estratégico inasumible.

La propuesta de Brekelmans trasciende la mera curiosidad técnica para convertirse en una necesidad política de primer orden. Al ejecutar esta manipulación controlada del código, el Ejecutivo neerlandés pretende procesar sus propios datos de inteligencia sin que estos deban transitar obligatoriamente por los servidores norteamericanos. Esta independencia permitiría a su fuerza aérea ajustar el comportamiento del avión ante amenazas específicas detectadas en su entorno inmediato, evitando los dilatados ciclos de actualización que impone la industria de defensa de EE. UU.

No obstante, este camino presenta serios interrogantes legales y diplomáticos. Una intervención de este calibre en el sellado digital del F-35 podría invalidar de forma inmediata las garantías de mantenimiento y desencadenar un conflicto de primer nivel con la Casa Blanca. La industria estadounidense defiende con celo su propiedad intelectual bajo el argumento de que cualquier alteración externa pone en riesgo la seguridad de toda la flota mundial, abriendo la puerta a posibles ciberataques de potencias rivales.

La reflexión abierta por el ministro refleja un cambio de paradigma en la defensa moderna. En este punto, ya no resulta suficiente contar con el fuselaje más resistente o el motor más potente, pues la verdadera superioridad se decide en el código fuente. Mientras Europa busca reducir su subordinación tecnológica respecto a los gigantes americanos, el F-35 se erige como el gran banco de pruebas para determinar hasta dónde llega la libertad de un aliado para modificar el armamento por el que ha pagado una fortuna.

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