Un universo infinito, por suerte o por desgracia, conlleva muchas incógnitas por resolver. Algunas de las más impresionantes son las que recaen sobre las mismísimas leyes del universo, que aunque están presentes en nuestro día a día, siguen poniendo en aprietos a los mejores investigadores.

Un cosmos particular, con estructuras que cuestionan nuestros conocimientos

Y es que da igual lo mucho que sepamos sobre la existencia que habitamos, ya que siempre queda algo por explicar, algo por entender. La teoría de cuerdas es un gran intento de dar sentido a un cosmos que puede ser tan caótico como ordenado, pero por ahora, sigue quedándose corto.

Una muestra de ese caos, de ese orden desordenado, son los agujeros negros. Masivos cuerpos con una fuerza tan grande que puede llegar a distorsionar lo imperturbable. Todos hemos oído hablar de ellos, pero, ¿sabemos lo que son realmente?

Los agujeros negros son grandes distorsiones del espacio-tiempo. La Vanguardia

Su origen, una misteriosa fuerza

Como podemos leer en Xombit, la primera persona que intentó explicar la existencia de estos cuerpos fue el geólogo inglés John Michell, en el año 1783. Pero John no fue el único, ya que un contemporáneo suyo, el célebre matemático Pierre-Simon Laplace, también estudió el tema.

La gravedad mantiene la realidad tal y como la conocemos

Los dos científicos hablaron de algo muy parecido que tenía como punto central a la gravedad, fuerza de muchísima importancia en el universo, y base de todo lo que sabemos sobre los agujeros negros. Laplace y Michel se preguntaron algo, ¿podría existir un astro con tanta masa que crease un fuerza gravitatoria fuera de lo común?

La idea fue creciendo, y muchos investigadores se interesaron por las repercusiones que un cuerpo así podría tener. Como apuntan desde Vix, la gravedad es una fuerza que atrae a los cuerpos. Cuanta más masa tenga un determinado elemento, más influencia gravitatoria ejercerá, por lo que atraerá con más fuerza a los demás objetos. Hablamos pues, de un "campo de influencia", del que aún desconocemos mucho, pero que podría estar formado por unas diminutas partículas llamadas gravitones.

Hasta Albert Einstein habló de los agujeros negros en su teoría de la relatividad, donde la gravedad siempre estaba presente. El genio de origen judío postuló que no sólo los cuerpos que conocíamos podían verse atraídos por la gravedad, sino que otros, como la luz, también podrían sufrir la influencia de un descomunal campo gravitatorio.

Las bestias de nuestro universo

Los agujeros negros, como ya adelantaron Michell y Laplace, son regiones del espacio cuya masa es tal, que generan un campo gravitatorio del que nada puede escapar, ni siquiera la luz. Existen diversas teorías de cómo es su forma, pero no dejan de ser eso, teorías, ya que el más cercano a nuestro planeta se encuentra a unos 25 mil años luz.

¿Podría el Sol acabar de esta forma?

¿De dónde sale un astro de tales dimensiones? Es una de las primeras preguntas que puedes hacerte, y no es nada fácil de contestar. Como apuntan desde Muy Interesante, podrían formarse tras la muerte de una estrella. Para comprenderlo, debemos hacer un repaso de cómo es la vida de una de estas grandes, y casi eternas, bolas de gas.

Una estrella emite luz porque en ella están teniendo lugar muchas reacciones químicas al mismo tiempo. Básicamente nos encontramos ante una inmensa cantidad de gas, hidrógeno en su mayoría, que va consumiéndose a altísimas cantidades durante millones y millones de años. Nuestro Sol es un ejemplo de ello, y al igual que las demás estrellas, mantiene su forma debido a la extrema influencia gravitatoria que no sólo ejerce sobre los planetas, sino también sobre sí misma.

El caótico nacimiento que llega tras la muerte

Sin embargo, tras miles de millones de años ardiendo, hay un momento en el que la vida de toda estrella debe llegar a su fin. Una estrella tiene diversas formas de morir, de hecho, nuestro propio Sol podría acabar de maneras muy diferentes, pero entre todas las opciones existe la posibilidad del nacimiento de un agujero negro.

La inmensa atracción gravitatoria iría contrayendo poco a poco a la estrella, haciéndola colapsar. Llegaría un punto hasta en el que los átomos que formaban a la gigante luminosa no podrían resistir la fuerza, y acabarían chocando y agregándose unos a otros. El resultado final, como hemos dicho, podría ser un gran agujero negro. A partir de entonces, esa región del espacio atraería todo lo existente a su alrededor, no dejando partícula libre, tragando luz e incluso tiempo.

Su influencia sobre las galaxias

Hemos hablado de cómo los agujeros negros pueden afectar a cuerpos concretos, e incluso a los diminutos fotones que componen la luz, pero, ¿cómo influyen en estructuras tan masivas como las galaxias?

Un poder que mueve, literalmente, el universo

Muchas de las galaxias que conocemos podrían tener un gran agujero negro en el centro, que sería precisamente el responsable de su movimiento incesante. De hecho, nuestra propia Vía Láctea es una de esas galaxias, como apuntan desde National Geographic.

Sin embargo, esta no es la única posibilidad, ya que estos sumideros espacio-temporales también pueden situarse en el borde de las galaxias. Según leemos en esta investigación realizada por científicos de diferentes países, un agujero negro y una galaxia pueden coexistir y desarrollarse, en una orquesta de influencias e intercambios de energía y radiaciones, en la que la galaxia podría perder masa que sería absorbida por el agujero.